Memorias de un vampiro (Parte I)

Memorias de un vampiro (Parte I)

Antes todo era muy distinto a ahora.
Las calles, la iluminación, las casas….Hasta el mismo olor de la noche ha cambiado.
No así mi vida y mis hábitos de caza.

Hace años. ¿Qué digo años? ¡Siglos!

Hace siglos que soy lo que soy y jamás he cambiado mi hábito aunque viera caducar todo mi alrededor.

Antaño, cuando el hambre acuciaba bastaba con salir a por presas y lanzarse a la caza, y hoy día eso se sigue manteniendo.

Hace centurias salía embozado en ropajes oscuros tras alguna muchacha que no hubiera regresado a tiempo a casa con los primeros rayos lunares.

La seguía con sigilo mientras disfrutaba del olor que desprendían sus cabellos oscuros, claros o del mismo color que la sangre; caminaba tras ella en sintonía con sus pasos, que se aceleraban tras haber oído algún crujido extraño a su espalda que no era otra cosa que el crujir de mis pies con alguna hoja seca del bosque.

Cuando se daba la vuelta extrañada yo aparecía ante ella y la tranquilizaba diciendo:

-Discúlpeme, señorita. No pretendía asustarla. Hace una noche preciosa para pasear, ¿No cree?- Y la obsequiaba con la mejor de mis sonrisas mientras sentía en mis oídos cómo su corazón acelerado iba aminorando la velocidad de sus latidos poco a poco mientras en su boca se dibujaba una tímida sonrisa y en sus pálidos pómulos hacía acto de presencia el rubor provocado por la sangre -el objeto de mi deseo- al ascender a sus mejillas, algo avergonzada.

Yo continuaba sonriendo y la cogía de la mano suavemente, y mi temperatura corporal contrastaba con la suya; mi frío con su calor. Y yo notaba su estremecimiento en forma de escalofrío mientras la preguntaba su nombre.

-Teresa.- Me dijo la última que recuerdo de aquella época.

Me dijo Teresa como pudo haberme dicho Ana, o María, o Lucía…Que de hecho también las hubo.

Pero el nombre no me era relevante. Ni el nombre, ni el color de pelo, ni el tono de ojos, ni el de la piel….Ni siquiera me importaba lo más mínimo lo que pudieran esconder bajo el vestido que llevaban, que tanto ocultaba, dejándolo todo a la imaginación -no así los de ahora-.

Tampoco tenía prisa por quitarles la capa con la que se cubrían, porque no era a ellas a quienes ambicionaba, pero todo a su tiempo…

Después de que ellas se me presentaran, yo hacía lo propio y les hablaba de mi mientras las conducía a un lugar apartado en el bosque, donde nos sentábamos sobre la hierba.

-Mi nombre es Irmale y provengo de las lejanas tierras de Finlandia, llenas de bosques helados….-Les relataba mientras ellas se quedaban absortas escuchando las leyendas que comenzaba a contarles.

-…Pero no hemos venido aquí a hablar de mí, ¿Verdad?-Preguntaba yo dando por terminada la historia y mirando a mi víctima.
Ella miraba a todos lados intimidada por la forma que yo tenía de mirarla, hasta que de nuevo mi frío y su calor se encontraban cuando la acariciaba muy suavemente el pómulo, dejando que se estremeciera ligeramente mientras cerraba los ojos y yo me acercaba a ella despacio y la acariciaba el pelo mientras la besaba y la notaba retirarse, nerviosa.

-Tranquila. No voy a hacerte daño.- Decía yo mirándola a los ojos y sonriéndola.

Qué curioso. Era lo más estúpido que me tocaba decir cada noche, porque sí la haría daño. Y mucho.

Era un malnacido. Un cabronazo, se dice ahora. Pero no tenía ni tengo elección.

Mis labios pasaban de los suyos a su mejilla. Sacaba la lengua y la pasaba por su pómulo mientras su aroma penetraba en mi nariz, emborrachándome de frenesí y ganas de acabar con todo.

Despacio, y con más paciencia de la que me gustaría, hacía que se tumbara sobre la hierba y yo me echaba sobre ella, sintiendo sus temblores.

Su mente me decía que quería hablar, decir que lo que estábamos haciendo no estaba bien, pero su boca no podía articular palabra mientras su cuerpo temblaba debajo del mío mientras yo volvía a acariciar su cara con la mía, rozándola con mi barba y arrancándola algún que otro gemido que ni mucho menos era de miedo, sino de todo lo contrario al sentir mis dientes mordiéndola suavemente los labios.

De mi boca también salían jadeos, jadeos de quien tiene un manjar casi en la boca y ya no puede demorar el devorarlo.

Y eso precisamente era lo que hacía después.

Mi boca volvía a su cuello y mi lengua no tardaba en lamerlo a una velocidad imposible mientras ella se movía sin control.

Acto seguido, ni una disculpa.

Directamente hacía descender mis colmillos y los hundía en la pálida piel de mi víctima, que no podía reprimir un grito de dolor.

El bosque entero oía su grito mientras yo disfrutaba del manjar que corría por sus venas, sintiendo como mi frío se convertía en calor mientras el cuerpo de ella se enfriaba, quedándose sin vida.

Los lobos del bosque nos rodeaban mientras yo saciaba mi apetito salvaje y escuchaba la dulce música de los aullidos animales de los inesperados visitantes a quienes les dejaba el cuerpo de mi víctima para que se dieran el festín con sus restos mientras yo huía al amparo de la noche hacia la ciudad en dirección a mi morada y al ataúd que me cobijaría hasta la hora de cazar de nuevo.

Sonrio mientras vuelvo de mis recuerdos y miro a mi alrededor.

Todo es tan distinto ahora….

Notas sobre la autora:

Mi nombre es Cristina Bermejo, soy de Getafe, un pueblo de Madrid (España). Estudio Periodismo y escribo relatos de terror en mis ratos libres.

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